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El chiquilín abre la boca y vuela un bostezo. Y otro. Y otro más. Todos pájaros.

El chiquilín es barquero. Cruzó el río llevando gente varias veces aquel día.
Sus hermanos pequeños duermen todos juntos en la cama de al lado. El perro los cobija y pareciera sonreír.

El chiquilín no puede dejar de pensar en el enigma del barquero que le planteó un turista aquella mañana, haciendo dibujos sobre la arena.

El problema era así:

hay un barquero que debe cruzar en su canoa una oveja, un repollo y un lobo. Por el tamaño de la canoa sólo puede cruzar uno por vez;
si cruza al lobo, la oveja se queda con el repollo y se lo puede comer;
si cruza el repollo, el lobo se queda solo con la oveja y se la puede comer;
y lo mismo del otro lado. No deben quedar solos la oveja con el repollo, ni el lobo con la oveja. ¿Qué hacer?

* * *

Estira los brazos y los animales que tiene adentro trotan y salen por las manos, por los pies, corcovean sin hacer ruido. El bosque se despliega árbol por árbol. Es noche de cuarto lleno.

El chiquilín se zambulle en el río de la cama. Navega como una hoja. Algún pez salta ágil desde su pelo. También las ranas. Por ahí cerca, muy cerca, tic tac, se oye al cocodrilo que vio en la televisión del puerto y que quería comerse al capitán Garfio. Por suerte en el agua se balancea un zapato.

El chiquilín se embarca y navega en el zapato. Por suerte hay un buen par de remos. De pronto pega un respingo porque desde la orilla de este lado de la cama lo llama la señorita Sonia, la de primero, esa que usaba minifalda debajo del guardapolvo, olía a chicle y hacía que él se muriera de ahogo cuando le revolvía el pelo con un solo dedo.

Un suspiro hondo, hondo, y el chiquilín suelta un lobo. Debe ser uno de esos lobos de la canción del abuelo. Esos lobos que aúllan de hambre en Moscú, que está cubierto de nieve. No cantes, hermano, no cantes, tararea el abuelo, afuera, arreglando anzuelos.

Es mejor mandar al lobo por otro camino para que no ataque a la señorita Sonia, tan hermosa, con su color praliné.

De pronto, en medio de los tréboles, aparece un canasto reventando de manzanas perfumadas, gordas, como espejos rojizos. Son las manzanas de la madrastra de Blancanieves. Una está envenenada, vaya a saber cuál.

La señorita Sonia hace un gesto de atrapar dos o tres. También está muerta de hambre.

El lobo se relame y aúlla estirando el hocico hacia la señorita Sonia. Es pura boca, puro estómago. La señorita Sonia inclina el cuerpo y estira las manos hacia el canasto de manzanas. Está lista para el mordiscón con gusto a fruta a orillas del río. El cocodrilo, tic tac, tic tac, merodeando a todos.

No avanzan los unos sobre los otros sólo porque el chiquilín está despierto.
Sabe bien que no podrá dormir hasta que logre llevar a cada cual al otro lado del río, donde hay una canción a la que le falta un lobo, un cuento al que le falta un canasto de manzanas con una manzana envenenada y una escuela que no tiene a su señorita Sonia.

El chiquilín no va a permitir que el lobo se coma a la señorita. Y aunque él quisiera convidarle a ella algunas manzanas, no lo haría porque hay una manzana envenenada.

El cocodrilo es otra cosa. Ése siempre está metido en el río de su cama y a veces se hace el inocente. Él ya sabe que no es bueno descuidarse.

El chiquilín los cruzará en zapato, para eso es el barquero. Pero durante las noches de cuarto lleno nunca faltan problemas. Tendrá que llevarlos de a uno por viaje.

Y ahí está el cocodrilo, tic tac, tic tac.

El chiquilín ni pestañea en la noche. La cabeza le funciona velozmente. Si lleva primero al lobo, la señorita se puede hacer un buen picnic con las manzanas.

Si lleva primero las manzanas, el lobo se puede hacer el picnic con la señorita Sonia.

Mejor la lleva primero a ella y la deja del otro lado. Al lobo no le gustan las manzanas.

La señorita Sonia y el barquero navegan en el zapato. El cocodrilo los escolta, tic tac, mordisqueando un cordón del bote, hasta que el chiquitín le pega con el remo haciendo ruido de coco golpeado. El cocodrilo se zambulle.

El barquero deja a la señorita Sonia del otro lado del río.

Ella saluda con la mano al barquero, que regresa. Toc, se oye. Otro remazo al cocodrilo, que se había prendido al talón del bote.

Ahora el chiquilín embarca al lobo, que lleva las orejas mustias y la cola entre las patas porque el agua no lo convence. Toc, toc, dos remazos al cocodrilo que cada vez se vuelve más confianzudo.

El lobo se pone como de fiesta al ir llegando. Ahora sí que la suerte le sonríe. Por fin solos. La señorita Sonia se encoge de miedo. Pero el barquero, con rapidez, la embarca nuevamente por un lado del bote mientras por el otro desembarca al lobo que allí queda, otra vez como perejil sin agua.

El bote regresa con el chiquilín y la muchacha. Toc al cocodrilo, toc, toc.

La señorita Sonia desembarca y corre directo hacia el canasto de manzanas. Pero el chiquilín pega un salto, gambetea y carga el canasto sobre la capellada del bote. Y se va, sonriendo y haciendo señas de que ya regresa.

La señorita Sonia se sienta sobre el pasto y la minifalda se le arruga.

El cocodrilo cabecea peligrosamente debajo del bote. El barquero no puede pegarle con ruido a coco. Entonces se desplaza y hace peso en distintos lugares para mantener el equilibrio. Los barquinazos son terribles.

Ya en la orilla, deja el canasto. El lobo mira con indiferencia. Está más interesado en estirar el cuello hacia la otra orilla, tratando de ver a la señorita
Sonia.

El barquero regresa otra vez. Navega alerta porque el cocodrilo además de morder y cabecear, ahora pega unos tremendos coletazos. Con remo y contrapesos, el barquero se defiende.

Cuando llega, toma aire. La señorita Sonia le pasa el dedo por el pelo, admirada. Él la embarca sin perder tiempo y cruza esquivando al cocodrilo que está completamente loco, es un remolino, los envuelve en olas y tormentas. Él logra aturdirlo con un rápido y certero remazo mientras la señorita Sonia le pega con el taco del zapato, que se pierde en el agua. Pero llegan.

El lobo quiere acercarse, la señorita Sonia se tira hacia las manzanas, pero no. El barquero tiene que enviar a cada cual a su lugar. Y lo hace.

Un sendero del bosque se chupa al lobo, que no puede resistirse.

Por otro desaparecen las manzanas. Pero antes, el chiquilín roba una. Las mira bien, elige la más hermosa, seguramente la que está envenenada, y se la guarda sin que nadie lo vea.

La señorita Sonia toma el tercer sendero, que seguro va a una ciudad.
Saluda, agitando la mano.

Al barquero sólo le queda el regreso.

Rema y el cocodrilo ya no tiene reparos. Muerde, cabecea, coletea y acerca tanto las fauces abiertas al barquero que éste, como un relámpago, le tira la manzana. Rueda por el tobogán de la garganta y glup, el cocodrilo se la traga como una píldora.

El barquero no respira, el agua no se mueve, los pájaros se detienen. De pronto, un hipo y el cocodrilo queda desinflado como un guante.

El barquero vuelve a respirar y salta hacia la orilla. Suspira, el aire le entra hasta los pies.

Se da vuelta, se acurruca. El agua suena lejana, pequeños chasquidos, pececitos, lo arrullan. El lobo aúlla nuevamente en la canción del abuelo, a la señorita Sonia le faltará un zapato, y ahora hay un cuento sin manzana envenenada.

El chiquilín duerme. Quién sabe con qué podrá llenar mañana el cuarto mientras le llega el sueño; quién sabe con qué enigmas se va a encontrar.



FIN

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El enigma del barquero, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2000, Colección Pan
Flauta. Serie verde: Sentimientos. Ilustración de María Rojas. A partir de 11 años.



Contenido: -El enigma del banquero -- La trampa de las ovejas -- Chipas -- El brujo de los tubitos -- Leyendas de las margaritas -- cuento en la arena.

Carta final de la autora:
“Ninguno de estos cuentos es del todo real, pero tampoco del todo mentira. Aún hoy pongo a funcionar los berrinches de infancia cuando me harto de tanta adultez. Entonces escucho a los niños que me habitan, a los gurises y muchachitas que me ayudaron a jugar con barro, a escondernos, a escaparnos para ver pasar los trenes. A los que supieron orientarme en un monte siguiendo las señales que la humedad deja en los árboles. Escucho a los que saben elegir la leña que arde mejor, a los pibes que trabajan, a los niños del mundo que están a la intemperie y así aprenden a vivir. Para nombrarlos uso las palabras a la que ellos responden: muchachita, chiquilines, gurises, pibes, y todos esos nombres nos acercan. Hablo de ellos en mi lengua litoraleña, cordobesa, y vaya a saber qué otras, en la lengua que me sale a esta altura de la vida. Creo que esta lengua mía hace que el mundo se vuelva menos ajeno.

Laura Devetach”

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Reseña de Roberto Sotelo, en Revista Imaginaria.


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Visto y leído en: Scribd

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